Atlético es la versión tucumana y futbolística del extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde: un equipo con dos caras que combina lo mejor y lo peor. Le había pasado en toda la temporada y se repitió ayer en su triunfo ante Villa San Carlos en Berisso, cuando jugó un primer tiempo para el tacho de basura y un complemento para la mesita de luz.
Fue tan dual la producción de Atlético que empezó dominado por los juveniles de un equipo ya descendido y terminó cerca de la goleada a favor. El 2 a 0 pudo haber sido más holgado y abre, por enésima vez, la esperanza. El “decano” pasó la barrera de los 50 puntos, se olvidó del descenso y con la posterior derrota de Instituto se puso a cuatro puntos de Primera.
Pero para llegar a esa posdata triunfal y a esta semana en la que los hinchas volverán a soñar con el ascenso, preguntarse qué fue Atlético en el primer tiempo daría para un congreso de psicología en el deporte. ¿Eran necesarios cinco defensores? El dibujo original de Rivoira fue un 3-4-1-2, es cierto, pero Nahuel Roselli y Franco Canever retrocedieron en muchos momentos y formaron una línea de cinco. Atlético jugó un primer tiempo como para pedirle a la AFA que el próximo torneo de Primera tenga 60 equipos en vez de 30, y el dominio y las situaciones más claras fueron de San Carlos: Jonatan Gayoso acertó al travesaño y Critian Lucchetti le ganó un mano a mano a Diego Mendoza.
Pero Héctor Rivoira movió piezas en el descanso y, en lugar de Roselli y David Valdez (había tantos jugadores en función defensiva que se chocaban entre sí), entraron Diego Barrado y Alfredo Carrizo. Los dos jugaron muy bien, contagiaron al resto y Atlético se hizo un festival. Entonces Luis Rodríguez tuvo un socio, Sebastián Longo se soltó, Gonzalo Bazán desequilibró y llegaron los goles. Primero de Nicolás Romat con una patada de karateca y después de el “Pulguita” con una definición de artista para que el partido, que había empezado para el tren fantasma terminara en la calesita: Atlético tiene un domingo feliz.